Grief Has No Stages
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Bienestar

El duelo no tiene etapas

Lic. Patricio Espinoza, MBA.Lic. Patricio Espinoza, MBA.
17 min de lectura

La pregunta llega casi siempre con las mismas palabras: en qué etapa estoy. A veces con una variante peor, la de quien sospecha que va atrasado.

No hay respuesta, porque las etapas no existen del modo en que se cuentan. Y la creencia de que existen le agrega a mucha gente una preocupación que no necesitaba.

Este artículo trata de qué sabemos sobre cómo transcurre el duelo, de por qué la mayoría de las personas atraviesa una pérdida sin tratamiento, y de cómo reconocer el caso minoritario en el que sí conviene consultar. Al final hay un ejercicio simple para mirar la propia situación.

Forma parte de una serie sobre los motivos por los que la gente busca un retiro. El duelo aparece dentro del 73% que llega buscando alivio para algo concreto.

De dónde salieron las cinco etapas

Elisabeth Kübler-Ross publicó su modelo en 1969, a partir de entrevistas con pacientes que estaban muriendo. Lo que describía era cómo esas personas se relacionaban con su propia muerte inminente.

No entrevistó a personas en duelo. La aplicación del modelo a quienes pierden a alguien vino después, hecha por otros, y se difundió mucho más rápido de lo que se estudió.

El modelo nunca fue validado empíricamente. Las revisiones que examinaron su respaldo no encontraron evidencia de que la gente atraviese negación, ira, negociación, depresión y aceptación en ese orden ni en ningún orden fijo.

Y sin embargo circula como si fuera un hecho establecido. Una encuesta comparó lo que cree el público general con lo que creen los profesionales de salud mental: alrededor del 30% del público sostiene que el duelo progresa por etapas predecibles, contra cerca del 8% de los profesionales. Un análisis de cómo se presentan las etapas en sitios web encontró que buena parte no incluye ninguna apreciación crítica del modelo.

Por qué el mito importa

Una teoría descriptiva se vuelve un problema cuando la gente la usa como vara.

Alguien que nunca sintió negación concluye que hizo algo mal. Alguien que llegó a algo parecido a la aceptación y seis meses después vuelve a quebrarse un martes cualquiera cree que retrocedió. Alguien que sintió alivio, que es frecuente después de una enfermedad larga, no encuentra ese alivio en ninguna de las cinco casillas y lo esconde.

El modelo también le da a los que miran desde afuera un cronograma contra el cual medir el duelo ajeno. De ahí sale la pregunta sobre si ya no debería estar mejor, que casi nadie hace en voz alta pero muchos piensan.

Lo que sí describe la investigación

Margaret Stroebe y Henk Schut propusieron en 1999 un modelo distinto, construido sobre observación de personas en duelo. Lo llamaron modelo de proceso dual.

Describe dos orientaciones. Una mira hacia la pérdida: recordar, llorar, revisar fotos, extrañar, sentir la ausencia de frente. La otra mira hacia la vida que sigue: resolver trámites, volver al trabajo, aprender a hacer lo que hacía el otro, ocupar roles nuevos.

Orientación a la pérdidaOrientación a la vida que sigue
Recordar, llorar, revisar fotosResolver trámites, volver al trabajo
Hablar de la persona que murióAprender a hacer lo que hacía el otro
Sentir la ausencia de frenteOcupar roles nuevos, ver gente

Las dos orientaciones del modelo de proceso dual (Stroebe y Schut, 1999). El duelo sano alterna entre ambas.

El aporte del modelo es que el duelo sano oscila entre las dos orientaciones. La persona confronta un rato y después se distrae, se ocupa de algo práctico, se ríe. Ese vaivén forma parte del proceso y no es una interrupción de él.

Conviene notar que oscilación no significa equilibrio. En las primeras semanas casi todo el peso está del lado de la pérdida, y eso es lo esperable. La proporción cambia con el tiempo y no es la misma para todos.

La mayoría se recupera sin tratamiento

George Bonanno y su equipo siguieron a 205 personas mayores desde antes de la muerte del cónyuge y hasta 18 meses después. Medir antes de la pérdida es poco común y hace que los resultados sean más confiables, porque no dependen de que alguien recuerde cómo estaba.

Identificaron cinco trayectorias. La más frecuente, con 45.9% de los casos, fue la resiliencia: personas con niveles bajos de depresión antes de la pérdida que mantuvieron esos niveles bajos después. El duelo crónico apareció en 15.6%.

Encontraron además algo que contradecía a la teoría clásica. No hallaron evidencia de duelo diferido, es decir, de personas que parecen estar bien y colapsan meses más tarde. Ese patrón, que se enseñaba como advertencia, prácticamente no apareció en los datos.

A esas personas les dolió igual. Lo que los datos muestran es que el dolor intenso y el trastorno clínico no son la misma cosa, y que la mayoría atraviesa el primero sin llegar al segundo.

Los dos días

Con el modelo de oscilación en la mano hay una manera bastante simple de mirar la propia situación. La llamo los dos días.

Un día de pérdida es aquel en que mirás fotos, hablás de la persona, llorás, sentís la ausencia de frente. Un día de vida es aquel en que trabajás, resolvés algo, ves gente, te reís sin culpa. Los dos son duelo. Los dos cuentan.

El ejercicio consiste en mirar hacia atrás, no en programar hacia adelante. Repasá la última semana y notá de qué tipo fue cada día. Sin corregir nada todavía.

La pregunta que importa no es cuántos hubo de cada uno. Es si hubo alguno del otro tipo. Si en dos semanas no apareció un solo día de vida, eso es información. Si en varios meses no apareció un solo día en que la pérdida se pudiera mirar de frente, eso también, y suele pasar más desapercibido porque desde afuera se ve como estar funcionando bien.

Conozco un caso que ilustra por qué la conducta visible no alcanza para juzgar. Una persona de más de sesenta años perdió a su madre hace dos años. Sueña con ella casi todas las noches, dice que le duele como si hubiera sido ayer, y publica a diario frases sobre la pérdida y sobre la madre. Desde afuera parece alguien atascado.

Su vida, sin embargo, sigue funcionando. Hay trabajo, hay gente, hay días comunes. Su dolor es silencioso: se ve, y no molesta a nadie. Los dos polos están, aunque uno sea el único visible.

Al revés también ocurre. Alguien que volvió al trabajo a la semana, que no publica nada y no llora delante de nadie, puede llevar meses sin un solo día en que la pérdida haya podido aparecer. Nadie lo nota, y esa persona sí necesita ayuda.

Antes de seguir, una aclaración necesaria. Este ejercicio es un modo de mirar, no un tratamiento. El modelo de proceso dual describe bien cómo transcurre el duelo, pero no existen ensayos que demuestren que enseñar a oscilar deliberadamente mejore los resultados. Si al mirar hacia atrás aparece que hace meses que hay un solo polo, lo que corresponde es consultar, no insistir con el ejercicio.

Uno de cada diez

Hasta acá vimos el duelo que no necesita tratamiento. Ahora el otro caso.

Lundorff y su equipo (2017) reunieron catorce estudios y estimaron la prevalencia del trastorno de duelo prolongado en 9.8% de los adultos que atraviesan una pérdida no violenta. La misma revisión encontró que la mayor edad se asocia con mayor prevalencia.

El trastorno entró al DSM-5-TR de la Asociación Psiquiátrica Americana en 2022. Puede diagnosticarse cuando el duelo agudo sigue siendo incapacitante más allá de los doce meses en adultos, con anhelo persistente o preocupación con la persona que murió, junto a síntomas como dificultad para aceptar la muerte, evitación de recordatorios, o la sensación de que la vida perdió sentido.

La cifra cambia mucho según el tipo de muerte. Después de muertes naturales las estimaciones rondan el 10%. Después de muertes por suicidio, homicidio o accidente, los estudios reportan proporciones considerablemente más altas.

Doce meses no es un plazo mágico ni un permiso para dejar de sentir. Es un umbral que la investigación usa para separar el duelo que sigue su curso del que se detuvo, y sigue siendo un criterio en discusión dentro del campo.

Lo que funciona, y en quién

Acá hay una aparente contradicción en la literatura que conviene explicar, porque de ella salen dos afirmaciones opuestas que suelen citarse sueltas.

Currier, Neimeyer y Berman (2008) reunieron 61 estudios controlados sobre intervenciones para personas en duelo y encontraron un efecto pequeño al terminar el tratamiento y ningún beneficio estadísticamente significativo en el seguimiento. Eso se citó durante años como prueba de que la terapia de duelo no sirve.

La revisión más completa hasta hoy dice otra cosa. Avis y colegas (2025) examinaron 33 revisiones sistemáticas y metaanálisis publicados entre 2001 y 2021, con Stroebe y Schut entre los autores. Concluye que las intervenciones son generalmente útiles: siete revisiones con apoyo incondicional, veinticuatro con apoyo condicional, y solo dos sin evidencia de apoyo. Su conclusión general la escriben así: cuanto más complicado el duelo, mayor el beneficio de la intervención.

Las dos cosas son ciertas porque hablan de poblaciones distintas. Ofrecer terapia a cualquiera que acaba de perder a alguien produce poco. Tratar a quien tiene duelo prolongado produce bastante.

Los números de esa segunda población vienen de tres ensayos aleatorizados dirigidos por Katherine Shear. En el primero, con 95 participantes, una terapia específica para duelo complicado obtuvo 51% de respuesta contra 28% de la psicoterapia interpersonal. En el segundo, con 151 personas mayores de cincuenta años, la diferencia fue 70.5% contra 32%, con un número necesario a tratar de 2.56. En el tercero, con 395 participantes y control con placebo, la terapia con placebo obtuvo 82.5% de respuesta contra 54.8% del placebo solo; el antidepresivo por sí mismo no superó al placebo, y la terapia sí.

Un número necesario a tratar de 2.56 significa que hay que tratar a menos de tres personas para que una responda. En psicoterapia esa cifra es alta.

EnsayoParticipantesTerapia específicaComparación
Shear et al., 20059551% 28% (psicoterapia interpersonal)
Shear et al., 2014151, mayores de 5070.5%32% (psicoterapia interpersonal)
Shear et al., 201639582.5%54.8% (placebo)

Tasas de respuesta en tres ensayos aleatorizados de terapia específica para duelo complicado.

Un metaanálisis posterior de 31 ensayos aleatorizados también encontró efectos significativos (Johannsen et al., 2019). Y las revisiones coinciden en tres condiciones que mejoran los resultados: que la persona tenga niveles altos de malestar, que haya pasado tiempo desde la pérdida en lugar de intervenir en las primeras semanas, y que la solicitud de ayuda venga de la propia persona en vez de ser reclutada.

El papel de la rumiación

Hay un mecanismo que aparece con frecuencia cuando el duelo se detiene, y es el mismo que aparece en la ansiedad y en la depresión: la rumiación. La mente da vueltas alrededor de la pérdida sin que ese movimiento lleve a ninguna parte.

Eisma y colegas (2015) compararon dos intervenciones breves por internet contra una lista de espera, en personas con duelo complicado y rumiación elevada. La exposición redujo el duelo complicado, el estrés postraumático, la depresión y la rumiación, con tamaños de efecto entre 0.7 y 1.2. La activación conductual redujo duelo complicado, estrés postraumático y rumiación, con efectos entre 0.8 y 0.9.

Lo que ese resultado sugiere en la práctica es que la rumiación no cede por decisión. Cede cuando la persona hace algo concreto, o cuando se acerca a lo que estaba evitando. Proponerse pensar menos en alguien no funciona; salir a caminar los jueves a las seis, sí puede.

La relación no se termina

Durante buena parte del siglo XX se enseñó que el objetivo del duelo era desprenderse del vínculo con quien murió para poder reinvertir esa energía en otra parte.

Klass, Silverman y Nickman documentaron en 1996 que las personas en duelo hacen algo distinto y que suele funcionarles: mantienen la relación, transformada. Hablan con quien murió, conservan objetos, notan su influencia en decisiones, sueñan con esa persona. Lo llamaron vínculos continuos.

La evidencia posterior matizó el hallazgo. Mantener el vínculo puede acompañar una buena adaptación o puede acompañar un duelo detenido, y lo que parece marcar la diferencia es si la persona acepta la muerte mientras conserva la relación. La conducta por sí sola no indica cuál de los dos casos es.

Volviendo a la persona que publica a diario sobre su madre: eso puede ser un vínculo continuo funcionando bien, o puede ser rumiación. Lo que lo distingue no es la publicación sino si además hay días de vida. En ese caso los hay.

Cómo trabajamos esto

En el Healing Studio el trabajo con duelo se apoya en dos marcos.

El primero es la logoterapia. Viktor Frankl sostenía que el sufrimiento inevitable no se elimina, y que lo que puede cambiar es la relación de la persona con ese sufrimiento y el sentido que logre construir alrededor de él. Aplicado al duelo, la pregunta no es cómo dejar de extrañar, sino qué hacer con lo que quedó. Me formé en ese enfoque en el Centro Costarricense de Logoterapia.

El segundo es el trabajo con lo que la pérdida remueve, que rara vez es solo la pérdida. Una muerte reorganiza vínculos familiares, reabre historias viejas, cambia el lugar que uno ocupa. Eso es material clínico y necesita tiempo.

Cuando alguien puede viajar, los siete acres de bosque seco tropical ofrecen algo que un consultorio no da: un lugar donde el polo de la vida cotidiana no exige nada. No hay trámites, no hay que explicarle a nadie cómo se está, no hay que fingir. En la estructura de los retiros ese tiempo sin agenda está previsto, y no es tiempo perdido.

Una aclaración sobre lo que un retiro puede hacer con el duelo. Puede dar espacio, y el espacio importa. No reemplaza un tratamiento cuando hay duelo prolongado, y una semana no resuelve dos años de vida detenida. Si hay riesgo, ideación suicida o un episodio depresivo en curso, lo que corresponde es atención cercana y accesible, no un lugar remoto.

Qué mirar

Quien llega a un texto como este suele estar buscando saber si lo está haciendo bien. Según los datos disponibles, la mayoría de las personas en esa situación lo está.

Las señales que sí ameritan consultar son concretas. Que hayan pasado más de doce meses y la intensidad no haya cambiado. Que la vida se haya organizado por completo alrededor de la ausencia, sin que aparezca ningún día del otro tipo. Que haya evitación sostenida de lugares o personas. O que el consumo de alcohol u otras sustancias haya aumentado para poder dormir o para poder salir.

Ninguna de esas señales significa debilidad ni fracaso. Significan que el proceso se detuvo en un punto, y para eso existe tratamiento con resultados medidos.

Y si nada de eso aparece, aunque siga doliendo mucho, lo que estás haciendo probablemente es duelo.

Si querés conversarlo

Una consulta con un psicólogo colegiado para mirar tu situación con criterio clínico. Sesiones presenciales en Tamarindo o en línea.

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Referencias

Asociación Psiquiátrica Americana. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5a ed., texto revisado). American Psychiatric Publishing.

Avis, K. A., Missler, M., van Deursen, D., Lenferink, L. I. M., Stroebe, M., y Schut, H. (2025). The efficacy of bereavement interventions: A systematic umbrella review. Harvard Review of Psychiatry, 33(3), 127-148. https://doi.org/10.1097/HRP.0000000000000426

Bonanno, G. A., Wortman, C. B., Lehman, D. R., Tweed, R. G., Haring, M., Sonnega, J., Carr, D., y Nesse, R. M. (2002). Resilience to loss and chronic grief: A prospective study from preloss to 18-months postloss. Journal of Personality and Social Psychology, 83(5), 1150-1164.

Currier, J. M., Neimeyer, R. A., y Berman, J. S. (2008). The effectiveness of psychotherapeutic interventions for bereaved persons: A comprehensive quantitative review. Psychological Bulletin, 134(5), 648-661.

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Frankl, V. E. (2006). Man's search for meaning. Beacon Press. (Obra original publicada en 1946)

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Stroebe, M., Schut, H., y Boerner, K. (2017). Cautioning health-care professionals: Bereaved persons are misguided through the stages of grief. Omega: Journal of Death and Dying, 74(4), 455-473.

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